Lo mejor a lo que podemos aspirar es a evitar el fracaso. Lograrlo, nos supondría un enorme ahorro de esfuerzo y frustración. Pero el fallo en la persecución de nuestros objetivos y aspiraciones resulta inevitable y debemos aprender a usarlo para avanzar, entendiendo que no hay fracaso sino aprendizaje.
Así que es necesario dotarnos de herramientas que permitan gestionar los fracasos y sus frustraciones, aprender de ellos y aplicar palancas que nos sirvan para utilizarlos en beneficio propio.
Es habitual decir que en nuestra cultura empresarial no está bien visto el fracaso en emprendimiento o iniciativas de nuevos productos.
Pero también lo es que no deberíamos caer en la actitud contraria: suponer que el fracaso es necesario o tomarlo a la ligera, como si no nos ocasionara problemas. Sería pueril pensar así. Vemos cómo en algunos momentos incluso se mitifica el fracaso.
El filósofo Kieran Setiya ha publicado un interesante libro, titulado «La vida es dura», en el que aborda la disposición ante los fracasos. El autor los considera “endémicos” en la vida.
Además, invita a relativizarlos con actitudes como centrarse en los procesos, porque estos también tienen su interés y nos hablan de valores, más allá del resultado final.
Una cosa es la empatía y la comprensión con quien falla en un propósito y otra, bien distinta, una apología del fracaso.
El objetivo final ha de ser el éxito en la consecución de nuestros propósitos.
En muchas ocasiones pasará por la necesidad de evitar el fracaso. ¿Cómo? Con una adecuada planificación o virando aquellos proyectos o procesos en los que advirtamos la posibilidad de naufragar.
Seguro que conoces algunos casos de proyectos que inicialmente han supuesto un fallo, pero que han abierto la puerta a productos exitosos.
En nuestras herramientas de DoThink Lab solemos utilizar pos-its. Lo hacemos en lienzos como el Journey Map, la Matriz de Arquetipos, el Stakeholders Map, etcétera.
Pues una herramienta tan sencilla y de uso tan cotidiano tiene su origen en una iniciativa que fracasa. Los post-its son un ejemplo de cómo un experimento fallido puede convertirse en un producto exitoso.
El post-it es un invento del químico Spencer Silver, que trabajaba para la compañía 3M en 1968.
Su objetivo era encontrar un pegamento de alta capacidad en la construcción de aviones, pero lo que consiguió fue un adhesivo de baja adherencia, basado en microesferas de acrilato.
Silver se encontró ante un fracaso: no encontró ninguna aplicación práctica a su invento, hasta que otro empleado de 3M, Arthur Fry, lo usó para marcar las páginas de su libro de himnos.
Fry se dio cuenta de que el adhesivo era perfecto para crear notas que se pudieran pegar y despegar sin dejar rastro.
Fry y Silver desarrollaron el producto durante más de un año, hasta obtener el diseño final: las Notas Post-it. Se lanzaron al mercado en 1980 y tuvieron tanto éxito en Estados Unidos como en Canadá y Europa.
Desde entonces, se han convertido en un elemento básico en cualquier escritorio y se han creado diferentes formas y colores para sus colecciones.
Así pues, el fallo es una parte muchas veces inevitable del proceso de innovación, y, aunque sería deseable evitarlo, se puede aprender de él para mejorar y generar nuevas oportunidades, a partir del aprendizaje.
Los motivos más comunes por los que la innovación suele fracasar por la falta de definición de los proyectos, o problemas relacionados con la cultura de la empresa, los procesos de diseño de productos o innovación, la ausencia de motivación o, por su puesto, las carencias de financiación.
Para superar o evitar los fracasos, resulta necesario contar con una estrategia clara y flexible para la innovación, que nos permita adaptarnos al cambio y al riesgo. Esta estrategia ha de integrar los proyectos innovadores en las operaciones básicas de las empresas.
En diseño de productos o servicios, creemos muchas veces que una idea falla porque ha sido mal ejecutada. Sin embargo, en general, se debe a que el planteamiento inicial estaba mal hecho. Debemos entender que un fallo a la hora de poner marcha mi idea es realmente un fracaso en el momento en que asumimos que no hemos aprendido nada.
Todos podemos fallar, y en la sociedad actual, en ese momento VUCA en el que predomina la incertidumbre, necesitamos probarnos, enseñar, mostrar y así poder recoger información de nuestros usuarios.
Pero si fallamos y no hacemos nada, asumiendo que lo que hemos hecho es una pérdida de tiempo, entonces sí estamos ante un fracaso. Y esta situación nos puede llevar a hundirnos o simplemente a soltar las manos y renunciar.
Como pyme o como compañía, como emprendedor, en esta situación podemos llegar a pensar, después de no hacer nada más, que quizás no tiene sentido emprender. Pero esto no es una opción.
Una vez que lo comprendemos, es necesaria una retrospectiva para sentarnos y entender a nuestro cliente: qué dijo, qué pasó, por qué no le gustó.
Y ahí es cuando el fracaso se convierte en una herramienta. Porque lo dejamos a un lado y el falló supone en un aprendizaje que nos lleva al siguiente nivel.
Es cierto que aprendemos a través de errores, avanzamos desde el fallo. Sabemos que en la vida, una primera pareja no resulta o que no funciona, no significa que no pueda vivir en pareja.
En la relación con un cliente debemos que podemos proponerle. El fallo no significa que no pueda existir una buena relación o no le pueda proponer una buena idea.
Pero hay que saber qué esperar de mí y qué le puedo ofrecer. Y eso hay que analizarlo. A partir de ahí, podemos que no hay fracaso, sí aprendizaje.